Proteger al planeta de la degradación es una necesidad de la que se busca generar conciencia. Una forma de empezar es la celebración del 17 de junio como el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía.
La desertificación es la degradación de la tierra en las zonas áridas y semiáridas, los cuales cuentan con ecosistemas inestables y vulnerables. Pero también, el suelo pierde sus nutrientes como consecuencia de la actividad humana y las variaciones climáticas.
El aumento del problema pone en riesgo a muchas personas, y por eso solucionarlo es uno de los objetivos de la Agenda 2030 para el desarrollo sustentable. Específicamente el ODS 15 se centra en luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad.
No todo está perdido
La FAO asegura que los suelos son de vital importancia para la producción de cultivos nutritivos, que filtran miles de kilómetros cúbicos de agua al año además de ser un importante almacén de carbono.
La erosión puede terminar con hasta 400 millones de toneladas de la capa arable del suelo cada año. Esto obstaculiza la producción de alimentos haciendo que las consecuencias sean cada vez más visibles y preocupantes.

Por ejemplo, las pérdidas anuales en la producción de cereales se calculan en 7.6 millones de toneladas, sólo en consecuencia de la erosión. A estas pérdidas de cultivos se suman la disminución del rendimiento de las cosechas a causa de la salinización, así como la pérdida de parcelas por la acidez del suelo en zonas de américa del Sur.
La tendencia del deterioro del suelo puede revertirse si los países toman la iniciativa en la promoción y la práctica de manejo sostenible. De no ser así podrían padecer de hambre y pobreza millones de personas, sumado a que se perderían las bondades que ofrece el suelo al equilibrio ambiental.
Fuente FAO