Cada año se pierden a nivel mundial 12 millones de hectáreas de tierra (23 hectáreas por minuto) como consecuencia de la sequía y la desertificación. El fenómeno se registra en todos los continentes, pero su efecto es mayor en las tierras secas por la pérdida de su productividad biológica y económica.
De acuerdo con la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, la reducción constante en la provisión de los servicios de los ecosistemas (bienes y servicios que los seres humanos obtienen de dichos ecosistemas como alimentos y agua potable) como resultado de la escasez de agua, el uso intensivo de los servicios y el cambio climático, son una amenaza mucho mayor en las tierras secas que en los sistemas que no lo son.
La pérdida alcanza ya entre un 10 y un 20 % de las 3,600 millones de hectáreas de tierras secas del planeta (equivalentes al 41 % de la superficie del planeta) y afecta a más de 2,000 millones de personas (un tercio de la población mundial), de acuerdo con estimaciones de la ONU.
Los efectos del problema se concentra principalmente en África Subsahariana, parte central del continente africano que además de ser la cuna de la especie humana, fuente de grandes riquezas mineras, y tener un enorme potencial energético, solar, eólico, fluvial y de biocombustibles, es la región del planeta con menor índice de desarrollo humano a causa de los legados de la explotación colonialista, los conflictos étnicos y la inestabilidad política.
El asunto preocupa si consideramos que para el 2050 la población mundial alcanzará los 9,000 millones de personas, a las que habrá que alimentar, vestir y dar casa. Por lo tanto, no podemos darnos el lujo de perder la tierra de donde saldrán los recursos para cubrir estas necesidades y menos en zonas de extrema pobreza.
Por ello desde el 1994 la ONU se propuso trabajar para neutralizar la degradación de la tierra como un asunto prioritario del desarrollo sostenible e instituyó el 17 de junio como el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación.
Lo que se ha buscado es la cooperación inclusiva de todos los países para recuperar y rehabilitar suelo degradado, sobre todo en aquellos afectados por graves sequías, por desertificación, o por ambas.
¿Qué podemos hacer como individuos para contribuir a evitar o disminuir la desertificación?
Hay muchos opciones, como apoyar la conservación de la vegetación existente donde sea posible, para ayudar a proteger el suelo de la erosión (como jardines y parques); plantar especies nativas de árboles y plantas; promover el uso de la energía solar, limpia o renovable; ahorrar energía en casa a través de una iluminación más eficiente con focos ahorradores de energía; separar la basura, y cuidar el agua.