En los últimos años se han difundido diversos tipos de alimentación en los que las personas optan por eliminar algún nutriente o intercambiarlo por otro, utilizando motivos de salud, ecológicos o de protección de animales. Como en todo, cada uno tiene sus defectos y sus virtudes.
Abundan las sentencias que rezan que comer carne es malo para el planeta y comer verduras es bueno; la realidad va mucho más allá y tiene que ver con el tipo de carne (res, cerdo, pollo, pescado), con la cantidad de vegetales que se requieren para alcanzar los requerimientos nutricionales, y con la manera de sembrar las plantas y de alimentar a los animales.
El ser humano es un animal omnívoro, se alimenta de sustancias orgánicas, incluidos animales y plantas; su organismo necesita todos los nutrientes para que cada parte del cuerpo funcione de la mejor manera.
Dentro del consumo humano existen alimentos que se sabe que afectan más al planeta de acuerdo con la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), deforestación y consumos de agua que generan, como es el caso del ganado bovino; sin embargo, no es la única fuente de proteínas de origen animal disponible y cada opción produce su propio impacto.
Carne roja, sí o no
“El ganado es uno de los principales responsables de los graves problemas medioambientales de hoy en día”, dice Henning Steinfeld, Jefe de la Subdirección de Información Ganadera y de Análisis y Política del Sector de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
En este tipo de alimentación se acomodan los que matizan, y lo hacen con datos científicos: es cierto que el ganado bovino ostenta el mayor costo ambiental porque come mucho, tiene pocas crías y su producción anual de metano –de una sola vaca es de 100 kilos– equivale a las emisiones generadas por un automóvil quemando 235 galones de gasolina.
Pero los pollos, los pavos y los cerdos no, no comen tanto y tienen más hijos. Mientras que una vaca necesita casi tres kilos de alimento para hacer medio de carne, a un cerdo le basta 1.5 kilos, y menos de un kilo al pollo.
Para mitigar las culpas de la ingesta de seres vivos, siempre quedan los productores que dejan crecer y pastar más libres a sus animales, sin tratamientos hormonales.
Muchos vegetales, pero orgánicos
En el otro extremo están los vegetarianos que consumen derivados de animales, como leche, huevos y miel de abeja; vegetarianos que no consumen derivados de animales, y veganos que rechazan el consumo de productos de origen animal por motivos éticos, ambientales y de salud. Este sector de la sociedad ha convertido en tendencia el consumo de alimentos producidos de forma orgánica.
De acuerdo con diversos estudios, la agricultura orgánica genera un impacto ambiental mayor al que provoca la agricultura convencional. Es decir, una fresa que se compra al agricultor respetuoso del planeta es muy posible que tenga una huella ambiental más grande que la que se adquiere en una tienda.
Esto se debe a varios factores, entre ellos a que los cultivos orgánicos tienen que ocupar y erosionar más terreno para producir lo mismo que se logra con la agricultura convencional, de acuerdo a un estudio de la Universidad de Minnesota publicado en la revista Nature en 2012. Otro factor es que la agricultura orgánica utiliza pesticidas y fungicidas que resultan tóxicos para el medio ambiente y hasta para los seres humanos, porque requieren dosis más altas para alcanzar efectividad, a diferencia de los de origen sintético. Las repetidas aplicaciones hacen que el pesticida se acumule en el suelo y resulte eventualmente venenoso para las plantas y quienes las consuman. A esto se suma que el uso de fertilizantes orgánicos como el compostaje y el estiércol produce cantidades significativas de metano y óxido nitroso, los cuales generan a su vez más gases de efecto invernadero (GEI) que los fertilizantes sintéticos.
Comer verduras es una buena opción ante los efectos en la salud y ambientales que provoca el consumo de carne. Estudios sugieren que las dietas basadas en frutas, verduras y legumbres constituirían una opción más sostenible para el planeta y para la salud de las personas. El problema de que esta dieta se base en cultivos orgánicos es que se ha confundido el proceso de producción con las características del producto, de acuerdo con los especialistas. Es decir, lo que hace orgánico al cultivo es la forma de fertilizar y controlar las plagas, no que el alimento sea “más sano”, “más nutritivo” o más sustentable”.
Así, cada quien es responsable de lo que come y de lo que le da de comer a sus hijos, pero también es responsable de lo que su estilo de vida provoca en la salud del planeta.